Chapter II: Part 2
DOÑA CLARINES. ¡Chist! Mira: desde que viniste, raro es el día que no pasas dos horas en la casa de enfrente, so pretexto de que la niña de la casa es amiga tuya a partir de una larga temporada que estuvo en Madrid.
MARCELA. Así es la verdad.
DOÑA CLARINES. No es así la verdad. La niña de enfrente, empacha a los tres días de hablar con ella:[39] por sí sola carece de atractivos para tanto trato. Pero en cambio tiene una tía, hermana de su madre, que siempre se distinguió grandemente en un oficio que elogiaba mucho don Quijote.[40]
MARCELA. No la entiendo a usted.
DOÑA CLARINES. Celebro tu candor. Esas aficiones de la tía--sigo sobre la pista--eran para mí un dato de bastante importancia. Una mañana, de sobremesa, dije yo esta frase, que se puede esculpir: «No hay un solo hombre que tenga corazón.» Y tú saltaste, como si te hubiera picado una avispa: «¡Hay de todo!» ¿Hola? ¿Hay de todo? ¿Ésta cree que hay de todo?--pensé yo entre mí. ¿Conque opinamos que hay de todo?
MARCELA. Sí, señora: yo creo que hay de todo. Sin tener novio, me parece que se puede opinar que hay de todo.
DOÑA CLARINES. Indudable: se puede opinar. Pero cuando seguramente se opina es teniéndolo. Las mujeres no defienden nunca a los hombres: defienden a un hombre nada más.[41]
MARCELA. Cuando usted lo dice... Más sabe usted de eso que yo.
DOÑA CLARINES. De eso y de cuanto hay que saber, monicaca. Otro día, amaneciste con un catarro que no se te entendía lo que hablabas, y yo me opuse a que pasaras ahí enfrente. La rabieta que te dió, de esas silenciosas, de no cruzar la palabra[42] con nadie ni por educación, no se la toma ninguna muchacha más que a cuenta del novio. Ya bajas la vista.
MARCELA. No...
DOÑA CLARINES. Sí. El domingo pasado, se prolongó la vista más de la costumbre... y viniste muy colorada y con un dedo manchado de tinta.[43] _Marcela se mira disimuladamente la mano derecha._ De la mano derecha, sí. Yo te pregunté: ¿Qué traes, chiquilla? ¿Qué sofoco es ese? ¿Cómo has tardado tanto? «Porque... porque he estado jugando a la pelota»--me respondiste. ¡Ah, caramba! Esta niña se mancha la mano de tinta, jugando a la pelota. ¡Y la pelota, que aún está en el tejado, era una carta de tres pliegos! _Marcela compunge el semblante._ No; no empiecen ahora los pucheros y las lagrimitas. Me has engañado como yo no merezco. Tienes un novio como un castillo, le escribes ahí enfrente, y ahí enfrente recibes sus cartas, que vienen a nombre de doña Sebastiana, la tía de tu amiga. Son las únicas cartas de amor que ha recibido esa tarasca en el siglo y medio que lleva a cuestas.
MARCELA. Perdóneme usted, tía. Quiero mucho a mi novio... y temí que usted se opusiera a las relaciones.
DOÑA CLARINES. ¿Es algún bandolero?
MARCELA. No, señora; por Dios... Si es más bueno...[44] más bueno es...
DOÑA CLARINES. ¿Entonces por qué había de oponerme?
MARCELA. Como tiene usted ese genio tan raro...
DOÑA CLARINES. ¿También tú? Yo nunca me aparto de lo justo; y las rarezas de mi genio consisten en que le digo las verdades al lucero del alba. ¿Conocía tu padre estos amores?
MARCELA. No, señora; tampoco.
DOÑA CLARINES. Pues de tu padre no te ocultarías por mal genio.[45] Alguna maca tendrá el señorito. ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
MARCELA. Miguel.
DOÑA CLARINES. ¿Miguel qué? _Marcela calla._ ¿Miguel qué? ¿Estás como Daría? ¿Necesitas preguntárselo a Crispín?
MARCELA. ¡Qué cosas tiene usted! Confíe usted, tía, en que yo no había de ponerme en relaciones con quien no mereciera mi cariño. Es un muchacho como hay pocos: para mí como no hay ninguno. Es arquitecto: trabaja mucho; tiene un gran porvenir. Cuando murió mi padre, nuestras relaciones no habían hecho más que empezar... ¡y si viera usted qué consuelos tan delicados debo a su cariño; qué alientos me dió para calmar mi pena; para seguir la vida tan sola!...[46] Lo quiero mucho, mucho, mucho; más que a nadie. Y ya verá usted cómo él lo merece.
DOÑA CLARINES. Bien está. Basta de inocente palabrería. Tú eres muy niña para juzgar a ningún[47] hombre. Cada «te quiero» de ellos es un veneno que nos parece miel, por la pérfida dulzura de esas dos palabras.
MARCELA. No me asusta usted: estoy muy segura.
DOÑA CLARINES. Eres una mocosa. Pero tan segura como estás tú necesito estar yo.
MARCELA. Él... acaso venga[48] a Guadalema...
DOÑA CLARINES. _Rápidamente._ Si no es que ya ha venido.
MARCELA. _Sorprendida._ No, señora.
DOÑA CLARINES. Cualquiera fía en tus negativas.[49] Pero, en fin, haya venido o no,[50] cuando venga, vendrá a verte a esta casa. Tus visitas ahí enfrente se han concluído. Se quedó doña Sebastiana sin novio. Por mi parte, con oírlo un par de veces nada más, lo diseco.[51] Y si como barrunto es un zascandil...
MARCELA. ¿Un zascandil?
DOÑA CLARINES. Muy cerca ha de andarle[52] el hombre que conociendo quién soy para ti, cómo vives conmigo, se oculta de mí y se vale de tapujos y tercerías. Limpio no juega.
MARCELA. ¡Tía Clarines!
DOÑA CLARINES. No hablemos más del particular. Si el señorito no me entra por el ojo derecho, prepara media docena de pañuelos para llorarlo tres o cuatro días. Más no ha de durarte la congoja de la separación, ya que probablemente se tratará[53] de una chiquillada.
MARCELA. Todo lo compone usted a su gusto...
DOÑA CLARINES. Punto final.
_Silencio._
MARCELA. _Mirando hacia la puerta de la izquierda._ Aquí salen el tío Basilio y ese señor amigo suyo.
DOÑA CLARINES. Tal para cual.
MARCELA. ¿Conoce usted a ese señor?
DOÑA CLARINES. No: pero cuando es amigote de mi hermano... No pienso hacerles la tertulia. Buenas noches. _Se levanta para marcharse._
MARCELA. Buenas noches, tía. Hasta mañana, si Dios quiere. _Va a besarla._
DOÑA CLARINES. _Deteniéndola._ Menos besuqueo, y más respeto.
_Salen en esto_ DON BASILIO _y_ LUJÁN. _Marcela queda pensativa y disgustada._
DON BASILIO. ¡Clarines! ¡Clarines!
DOÑA CLARINES. ¿Eh?
LUJÁN. Buenas noches, señora.
DON BASILIO. _Presentándolos._ Mi hermana Clarines... Mi amigo Isidoro Luján.
LUJÁN. Tengo mucho gusto...
DOÑA CLARINES. Yo celebraré que lo pase usted bien en mi casa los días que esté en ella.
LUJÁN. ¡Oh! Seguramente.
DOÑA CLARINES. Pronto lo ha dicho usted.
_Don Basilio le hace señas de inteligencia a Luján ahora y en adelante._
LUJÁN. Señora...
DOÑA CLARINES. ¿Ha venido usted a Guadalema a ver si se muere don Rodrigo?
LUJÁN. No, señora; no es caso grave. No es más que una gaita para la familia.
DOÑA CLARINES. Se perdía[54] bien poca cosa si se muriera. Es un solterón egoísta, que ha vivido siempre de chupar la sangre de los pobres. Los sobrinos están deseando que dé un estallido. La prueba es que todos los médicos les parecen pocos.[55] Pero, bien, eso allá usted con su conciencia. Si la tiene:[56] porque en la carrera de usted la conciencia anda por las nubes. Fortuna que yo gozo de una salud inalterable. No padezco más que ataques de sentido común.
LUJÁN. _Estupefacto._ Hem...
DOÑA CLARINES. ¿Se van ustedes de paseo, verdad?
DON BASILIO. Me lo llevo por ahí un ratillo.
LUJÁN. Ya lo oye usted.
DOÑA CLARINES. Bien. La puerta de mi casa se cierra a las once para todo el mundo. El que a las once no esté aquí duerme en un banco de la Plaza Mayor. _La estupefacción de Luján se acentúa._ Hay más. Si se viene a las diez y media, y se viene borracho, es como si se viniera fresco después de las once: en la calle se duerme también.
DON BASILIO. Clarines, por... por amor de Dios; alguna vez piensa lo que dices.
DOÑA CLARINES. No pienso nunca lo que digo; y bueno es que lo sepa usted, caballero... Cuanto digo lo digo porque me nace en el corazón; y como antes de llegar a la cabeza pasa por la boca, se me sale siempre sin pensarlo.[57] Buenas noches.
LUJÁN. A los pies de usted.
_Éntrase doña Clarines por la puerta de la derecha. Luján y don Basilio se miran sin palabras largo tiempo._
MARCELA. Esta noche tiene para todos.[58] ¡Ay, Dios mío!
DON BASILIO. Abrázame, Isidoro.
LUJÁN. Calla, hombre, calla.
DON BASILIO. ¿Está esa mujer en sus cabales? ¿Eh? Con franqueza. ¿Está en sus cabales?
LUJÁN. Con franqueza; lo que es juzgándola por impresión... está como una cabra. _Baja la voz al decir esto._
DON BASILIO. No; no te recates de Marcela... Calcula tú la pobre: ¡la tiene que aguantar noche y día!
LUJÁN. Y la cuestión es que, a poco que se mediten sus palabras, se ve que en rigor no ha dicho nada que sea absurdo. Porque, ¿qué es lo que ha dicho, después de todo? Que don Rodrigo es un chupa-sangre. Eso nos consta, desgraciadamente. Que los sobrinos están deseando que se muera. No lo sé; pero es muy humano. Que cada día traen un médico para conseguirlo. Sí... es un sistema que suele dar resultados muy satisfactorios. Que si[59] los médicos no tenemos conciencia, que si ella goza de salud excelente, que si sólo padece ataques de sentido común... Nada de esto es desatinado, en ley de Dios.
DON BASILIO. _Nervioso._ Pero, hombre, Isidoro; no me digas. ¿Y la manera de... de...? Es la primera vez que te habla, y... ¡Vamos, que soltarte que la puerta de esta casa se cierra a las once!... ¡Carape!
LUJÁN. Ahí tienes una cosa que, lejos de haberme molestado, la encuentro muy bien.[60] No he podido conseguirla en mi casa, pero la encuentro bien. Ahora, aquello de que si a las diez y media se llega borracho... ¿Tú bebes? ¿Tú te recoges borracho algunas noches?
DON BASILIO. ¡Nunca! ¡Que te lo diga ésta![61] ¡Eso es una pata de gallo! ¡Cuando se enreda la madeja y tomo cuatro copas de más... vengo siempre por la mañana!
LUJÁN. ¿Ah, sí?
DON BASILIO. ¡Naturalmente, hombre! Anda, vámonos a la calle, que tenemos tela cortada para largo.
LUJÁN. Presumo que sí. _A Marcela._ Marcelita, muy buenas noches.
MARCELA. _Saliendo de la abstracción en que se hallaba._ Qué, ¿se marchan ustedes?
LUJÁN. Sí; pero a las once menos cinco minutos estaremos de vuelta. Yo me ciño a los estatutos.
MARCELA. Hace usted bien. Hasta mañana.
LUJÁN. Hasta mañana.
MARCELA. Adiós, tío.
DON BASILIO. Adiós, pequeña. Y no te apures tú mientras viva tu tío Carape. ¡Qué carape! _Se va con Luján por la puerta del foro, hacia la izquierda._
MARCELA. ¡Que no me apure, dice!... ¿Qué sabe él? ¡Para no apurarse es la situación! Y habrá que echar por la calle de en medio,[62] y decir la verdad. Miguel y yo, ¿por qué razón no hemos de querernos?
_Sale por la puerta de la izquierda_ DARÍA, _llena de inquietud._
DARÍA. ¡Señorita! ¡Señorita!
MARCELA. ¿Otra te pego? ¿Qué pasa?
DARÍA. Que se me ha olvidado preguntarle a usted a qué hora tengo que levantarme.
MARCELA. Con las gallinas. La señora se levanta a las seis... Ya te llamará Tata: descuida tú.
DARÍA. Es que me había dicho Crispín que la señora llamaba a los criados con una trompeta.
MARCELA. Eso es en los cuarteles. Aquí no.
DARÍA. Ya. Crispín, desde que lo han tallado, no oye más que trompetas. Diga usted, señorita.
MARCELA. ¿Qué?
DARÍA. ¿Antes de acostarme debo entrar a besarle la mano a la señora?
MARCELA. Entra, y te da una bofetada que te tira de espaldas.
DARÍA. ¿Sí, verdad?
MARCELA. Lo que has de hacer es meterte en la cama ahora mismo sin que te sienta nadie.
DARÍA. En seguida, señorita. Hasta mañana, si Dios quiere, señorita.
MARCELA. Adiós.
DARÍA. _Vacilando entre las dos puertas._ ¿Por dónde voy mejor a mi cuarto?
MARCELA. _Señalando a la del foro._ Por ahí todo seguido, darás con la escalera al momento.
DARÍA. Sí; porque al venir para acá me perdí, ¿sabe la señorita? y me metí en una habitación con los muebles con fundas blancas, por la que no quisiera volver a pasar hasta verla de día. Buenas noches. _Se marcha._
MARCELA. Vete con Dios, mujer.
_Vuelve_ TATA _por la puerta de la izquierda._
TATA. ¿Con quién hablabas?
MARCELA. Con Daría, que no ve de miedo.
TATA. Ya se le irá pasando. A todas les pintan esta casa como un presidio... ¿Se acostó la señora?
MARCELA. Se fué a su cuarto, al menos.
TATA. ¿Y qué tienes tú? ¿Ha habido regañina?
MARCELA. Sí, Tata, sí; la ha habido. Y dura.
TATA. ¡Aaaaah! ¡Qué _caráter_! ¡Es un acero! Si como nació con faldas nace con pantalones,[63] hubiera sido emperador. _Rompe a llorar Marcela._ ¿Qué es eso, nena? ¿Por qué lloras?
MARCELA. Estoy muy triste. Se ha ido muy enfadada la tía. Fuí a darle un beso, y me detuvo.
TATA. Algo malo habrás hecho tú:[64] porque ella es la justicia mesma.
MARCELA. No, señora; yo no he hecho nada malo. Ocultarle una cosa que podría ser motivo de disgusto, no creo yo que sea mala acción.
TATA. ¿Motivo de disgusto para la señora? A ver, a ver... ¿Qué es ello, nena? Dímelo a mí, por si yo puedo valerte de algo. ¿Lo ha descubierto ya la tía?
MARCELA. No del todo. Me ha hecho confesarle... pero yo he callado... he callado mucho... Venga usted, Tata; ampáreme usted; aconséjeme usted.
TATA. ¡Malo será que no haya unos calzones de por medio!
MARCELA. Un hombre hay.
TATA. ¡Anda con Dios! ¿Tienes novio, eh?
MARCELA. ¡Naturalmente!
TATA. ¡Sópleme usted en el ojo, que me ha entrado aire![65]
MARCELA. Un novio, Tata, que me quiere más...[66]
TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. ¡Más bueno!... ¡más noble!... Y yo lo quiero... ¡vamos! No sabe usted cómo yo lo quiero.
TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. Ahora que he estado lejos de él, he visto que mi vida es la suya. Paso que daba, paso que me parecía inspirado por él.[67] ¡Lo que charlamos él y yo a tantas leguas de distancia! Algunas veces me ha sorprendido doña Clarines por el jardín, y me ha dicho: «Chiquilla, ¿estás hablando sola?» «Sí, tía.» Y la engañaba. No estaba hablando sola: hablaba con él.
TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. Si él no me quisiera, mi vida valdría mucho menos: desde que él me quiere vivo más. Y si me dijeran que para vivir a su lado tendría que dar los ojos, los ojos daría: que yo sé que, sin ver, siempre encontraría su mano que me guiase. ¿Comprende usted cuánto lo quiero?
TATA. Comprendo la regañina de la tía. ¿Y es de Madrid por ventura ese lazarillo?
MARCELA. De Madrid. Pero está en Guadalema ya.
TATA. ¿En Guadalema? ¿Y cuándo ha venido?
MARCELA. Esta mañana.
TATA. ¿Lo sabe doña Clarines?
MARCELA. Lo sospecha; no lo sabe de cierto. Ni sabe tampoco que esta noche voy a hablar con él.
TATA. ¿Esta noche? ¿Dónde?
MARCELA. Abajo en el jardín. Por la verja.
TATA. No; eso, no; por la verja, no. Aquí no se hace nada sin que ella lo consienta, y yo sé que eso no lo consentiría. ¡Buena íbamos a armarla! ¡Santo Dios!
MARCELA. Tata, si no es más que esta noche. Si él ha venido a Guadalema para hablar con mi tía; pero antes es preciso que los dos hablemos... Es un caso éste... son unas circunstancias... Para que usted lo comprenda de una vez le diré el nombre de mi novio: Miguel Aguilar.
TATA. ¿Miguel Aguilar?
MARCELA. Hijo de don Guillermo Aguilar.
TATA. _Espantada._ ¡Ánimas benditas del Purgatorio! ¿Qué me dices, nena?
MARCELA. ¿Ve usted, Tata, qué misterios tiene la vida? ¿Por qué he venido yo a parar a la única casa donde el nombre de Miguel Aguilar lleva consigo un recuerdo tan doloroso?
TATA. ¡Aaaaah! ¡Cuando doña Clarines se entere!... ¡Qué _turbamulta_! ¡Dios de Dios! ¡Remover al cabo de los años aquellas memorias!... ¡Don Guillermo Aguilar... el padre de!... ¡Aaaaah! ¡El Señor nos coja confesados![68]
MARCELA. ¿Cree usted que no perdonará doña Clarines?
TATA. ¡A ese hombre, nunca!
MARCELA. ¿Pero tan grave fué?...
TATA. ¡Tan grave, dices!... _Con pasión._ Los cabellos de la señora eran negros como el ébano mesmo, y en un año se tornaron blancos como ahora los ves. ¡Don Guillermo Aguilar! ¡En mal hora vino a Guadalema! ¡Maldita sea su casta!
MARCELA. Su casta, no, Tata.
TATA. ¡Bueno, su estampa! ¡Igual me da! _Enardeciéndose y exaltándose por momentos._ ¡Condenado hombre!... ¡Ladrón de corazones! ¡Pillo! ¡que mató en mi señora la alegría de siempre! ¡Para esas muertes no hay horcas ni justicia, pero debiera haberlas!
MARCELA. ¡No grite usted; no se entere la tía!
TATA. Tentada estoy de ir a despertarla y contárselo todo. ¡El don Guillermo! ¡el don Guillermo![69] ¡Menos dones y más buenas _aciones_! En Guadalema se presentó, y fué el rey. Venía de Madrid. Entonces decir aquí de Madrid era poco menos que decir de los Chirlos Mirlos. Tenía buena presencia, y mucho señorío postizo en los movimientos y en las palabras. De calle se llevaba a la gente.[70] ¡Ladrón! La nena, tu tía, porque nena era en aquel tiempo, se prendó de él... ¡Y de qué manera se prendó! No veía con más luz que la de los ojos azules de aquel hombre. Le entregó su corazón y su alma de paloma; le entregó su vida. En este jardín se hablaban por las noches, sin otros testigos que yo... y Clavel, un perro que él traía. ¡Bien me acuerdo... y se me cuajan los ojos de lágrimas! Si aquello hubiera acabado como empezó... ¡qué gloria del mundo!... No sería así doña Clarines.
MARCELA. ¿Dice usted que se veían en el jardín?
TATA. En el jardín. ¡Qué discurrir el suyo por entre los árboles, cogidos de la mano! ¡Qué esquivar unas veces, por juego, los sitios donde la luna daba, y qué buscar la luna otras veces, por juego también! ¡Qué taparse las bocas de pronto, para atajar la risa, no los descubriera![71] ¡Qué despedidas allá en la verja, de cada vez más largas,[72] sin encontrar nunca la última palabra que habían de decirse! ¡Aaaaah! Cuántas veces tuve yo que llegarme a ellos y advertirles: «Que empieza a clarear.»
MARCELA. Me ha hecho usted llorar, Tata.
TATA. El caso no es para reír ciertamente. Pues escucha: una noche de aquéllas, duró la despedida más tiempo. Cantaban las alondras cuando él se fué. «Hasta mañana»--le dijo. Yo lo oí. Y no volvió más.
MARCELA. ¡Jesús!
TATA. ¡Ésa fué su hazaña!
MARCELA. ¡Qué espanto!
TATA. A la noche siguiente, cuando le esperábamos como todas, vimos llegar a la verja al pobre Clavel. Venía solo. No quiso seguir a su amo. ¡Qué _leción_! ¿Te parece? Aquí se quedó desde entonces. Cuando murió, lo enterré yo en el mesmo jardín, allá junto a la tapia. _Silencio._ De lo que la nena sufrió nada he de decirte. No podría. Tú, que tanto quieres, y que la ves a ella, imagínalo. A la muerte estuvo. Y el mesmo cambio que se hizo en sus cabellos, se hizo en su corazón. Es otra; otra.
MARCELA. ¡Dios mío! No sé qué pensar... Me estremece cuanto usted me ha dicho... ¡Pobre señora! Pero yo estoy segura, Tata...
TATA. ¡Segura estaba ella!
MARCELA. No, Tata, no; éste no es como aquél: éste es el mío. Y éste no miente; éste no engaña... ¡pero esta noche más que nunca necesito oírlo! ¿Vendrá usted conmigo al jardín?
TATA. No, nena; no bajes al jardín...
MARCELA. ¿Por qué no, Tata? Usted que fué buena entonces, séalo ahora.[73] ¡Esta noche necesito oírlo!
_En este momento sale_ DOÑA CLARINES _de sus habitaciones. La impresión que su presencia les hace a Tata y a Marcela, es grande._
DOÑA CLARINES. Aquí las dos.
MARCELA. ¡Ah!
TATA. ¡Señora!
DOÑA CLARINES. Y las dos con llanto en los ojos. No me engañaron mis pensamientos.
TATA. _Desconcertada._ Creíamos que la señora estaba recogida ya...
DOÑA CLARINES. Lo sé: pero desde mi cuarto vi que esta luz permanecía encendida, y pensé sin equivocarme: _Habla con firmeza, mirando fijamente a las dos, y como si en la turbación de ellas hallara evidenciado lo que imagina._ Allí están mi sobrina y Tata; y hablan del novio de Marcela; y Marcela le propone a Tata algo a que Tata se resiste; porque al decir Marcela el nombre de su novio, tembló... _A Marcela que intenta hablar._ Y esto es por algo, que sabré sin que tú me lo cuentes. Pero, en fin, esta noche ha terminado toda conspiración. Podéis recogeros. _Impidiendo cualquier respuesta._ Sin decir palabra. Buenas noches.
MARCELA. Hasta mañana, tía.
TATA. Hasta mañana, si Dios quiere.
_Marcela se va por la puerta de la izquierda, y Tata por la del foro, mirándola sobrecogidas._
DOÑA CLARINES. _Reflexivamente._ ¿Por qué tembló al decir el nombre?... _Queda pensativa._
ACTO SEGUNDO[74]
La misma decoración del acto primero. Es por la mañana.
DOÑA CLARINES, _con velo a la cabeza, dispuesta para salir a la calle, está sentada._ DON BASILIO _pasea._
DON BASILIO. ¿Vas a salir?
DOÑA CLARINES. ¿No lo ves?
DON BASILIO. _Observando si están enteramente solos._ Pues... antes...
DOÑA CLARINES. Ah, sí. _Saca de su portamonedas un duro y se lo da a su hermano._ Toma.
DON BASILIO. _Afectando un sentimiento de dignidad herida._ No puedo. ¡No puedo acostumbrarme!
DOÑA CLARINES. ¿Cómo?
DON BASILIO. ¡No puedo acostumbrarme! ¡Un Olivenza, un descendiente del señor de la Torre de Olivenza viviendo asalariado por su hermana! ¡No puedo acostumbrarme! Me quema la mano esta moneda.
DOÑA CLARINES. Pues suéltala.
DON BASILIO. _Suspirando, después de mirar a doña Clarines y de guardarse el duro._ ¡Ay, ay, ay!
DOÑA CLARINES. Si el descendiente de los Olivenzas no hubiese despilfarrado la hacienda que le legaron sus mayores, emborrachándose cuanto ha podido con todo linaje de gentuza, otro gallo le cantaría.
DON BASILIO. ¡Un duro diario! ¡Ni siquiera el paquete de los treinta duros al mes! ¡Un duro diario! No hay manera de especular: compréndelo, Clarines.
DOÑA CLARINES. Empecé dándote los treinta reunidos el día primero de cada mes, y el día cinco ya no tenías un céntimo. Tuya es la culpa de haber venido a parar a esta situación que encuentras bochornosa.
_Sale_ LUJÁN _por la puerta de la izquierda. Trae sombrero._
DON BASILIO. _Dirigiéndose a él._ ¡Ay, Isidoro; compadece a tu pobre amigo!
LUJÁN. ¿Pues?
DOÑA CLARINES. Cualquier cosa dirá ese badulaque.
_Se va don Basilio por la puerta del foro, hacia la derecha, como hombre que no puede con sus desventuras, y no sin amenazar a doña Clarines con un ademán que ella no ve._
LUJÁN. Será mejor compadecerla a usted; ¿no, doña Clarines?
DOÑA CLARINES. ¿Y a mí por qué ha de tenerme usted compasión?
LUJÁN. Creí... Extraño verla en plan de salir a la calle. No se la concibe a usted sino entre estas paredes.
DOÑA CLARINES. Si lo dice usted porque quiere que yo le diga dónde voy a ir, no me importa que usted lo sepa.[75]
LUJÁN. Je...
DOÑA CLARINES. Todos los meses del año, tal día como hoy,[76] acostumbro ir con Tata a las casas de algunos pobres a darles la limosna que puedo. Es gente que la necesita y que no la pide. Tiene el pudor de su desgracia.[77] Por eso voy yo a visitarlos.
LUJÁN. Ya.
DOÑA CLARINES. Aguardo a Tata, que por lo visto se está emperejilando como si fuéramos a un baile. A la vejez, viruelas. ¿Y usted, va a ver a don Rodrigo?
LUJÁN. Todavía es temprano. ¿Le molesta a usted mi compañía?
DOÑA CLARINES. Ahora, no.
LUJÁN. Pues aprovechemos el momento.
DOÑA CLARINES. Siéntese usted.
LUJÁN. Muchas gracias. _Lo hace._ He de marchar de Guadalema mañana o pasado, y antes de marchar yo quisiera... Como sus costumbres de usted son tan respetables... ¿Usted me autoriza para que les haga un regalo a sus criados, que me están sirviendo a maravilla?
DOÑA CLARINES. ¡Pues no faltaba más! ¡Ya lo creo!
LUJÁN. ¿Me autoriza usted?
DOÑA CLARINES. Sí, señor.
LUJÁN. Ahí tiene usted lo que son las cosas: he tomado tantas precauciones temeroso de que fuera usted a ponerme como los trapos.
DOÑA CLARINES. No había por qué. Cuando lo pongo de hoja de perejil es si se va usted sin darles nada.
LUJÁN. ¿Sí, verdad?
DOÑA CLARINES. Y ellos conmigo,[78] naturalmente.
LUJÁN. Je...
DOÑA CLARINES. Y vamos a ver, señor Luján; ahora que estamos solos: ¿qué tal lleva usted[79] el encargo que le confió mi hermano Basilio al llegar a esta casa?
LUJÁN. ¿A mí?
DOÑA CLARINES. A usted.
LUJÁN. ¿A mí, señora?
DOÑA CLARINES. A usted, señor. Y si no hemos de reñir de buenas a primeras, no finja. Mi hermano Basilio le encargó a usted que me observara, porque cree que yo estoy para que me encierren. O dice que lo cree.
LUJÁN. Es cierto. Ya ve usted que no finjo. Pero, señora mía, conociendo a Basilio, jamás pude tomar al pie de la letra semejante disparatón.
DOÑA CLARINES. Disparatón, no. Es moneda corriente en Guadalema. Y manía muy vieja en mi hermano, que hasta me ha escrito algunos anónimos a cuenta de ello. Así es que me reí de verdad el día que me habló de hospedarlo a usted en esta casa.
LUJÁN. Ahora comprendo el recibimiento que usted me hizo.
DOÑA CLARINES. Hubiera sido igual de todas maneras. Los huéspedes me enojan, y si los trae el borrachín de Basilio, mucho más. Todos salen hablando mal de mí; y no tiene gracia que yo encima les dé una cama limpia y bien de comer.
LUJÁN. _Turbado._ Verdaderamente... eso no tiene gracia.
DOÑA CLARINES. Lo que sí le debo advertir es que, a poco de hablar con usted, comprendí que su amistad con mi hermano era cosa de azar y no de analogía de caracteres. Lo considero a usted persona bastante más seria que Basilio.
LUJÁN. Señora...
DOÑA CLARINES. Ya sé que hay quien tiene la seriedad del burro; pero sin duda no se halla usted en ese caso.
LUJÁN. ¡A mí me parece que no!
DOÑA CLARINES. Noto, en cambio de ello, en su carácter, una cualidad que me subleva; que no la puedo resistir.
LUJÁN. ¿Sabe usted que me está usted poniendo bueno?[80]
DOÑA CLARINES. Y ya que va usted a marcharse pronto, no se me ha de quedar entre pecho y espalda.
LUJÁN. ¿Qué cualidad es ésa, señora?
DOÑA CLARINES. Esa frialdad constante, esa indiferencia, esa burla solapada, esa resistencia de la voluntad a entrar en lo grave de las cosas. Yo no he visto nada más antipático.
LUJÁN. ¡Ay, mi señora doña Clarines! Yo tampoco quiero que eso se quede sin respuesta. Usted tiene temple de acero, y no por ello[81] debe exigírnoslo a los demás. Yo un tiempo lo tuve: y fuí apasionado, y vehemente, y generoso, y terco, y liberal, y noble, y espontáneo; y entré en lo grave de las cosas, como usted dice, y sólo donde latía la verdad, respiraba a gusto; y me embarqué, como el poeta, oyendo cantar el amor, y la libertad, y la gloria... y me pasó[82] que aún tengo, también como el poeta,
la ropa en la playa tendida a secar.[83]
Por eso, mientras se seca y la recojo, que va para largo,[84] en el pueblo en que vivo y en lo más escondido de mi huerto, he plantado ese árbol que sólo plantan en la tierra los hombres tan sabios como yo. Quién dice que es árbol de egoístas, quién de escépticos, quién de filósofos, quién de qué sé yo qué. Nada me importa el nombre: el árbol[85] crece que es una bendición de Dios; con mi trabajo lo riego yo día por día. A mí ya me da sombra; a mi mujer flores para mi mesa... y para los santos en que ella cree. El fruto lo cogerán mis hijos. Puede usted y puede el mundo entero juzgarme como les dé la gana.
DOÑA CLARINES. Yo mal, por de contado.
_Se levanta y va hacia la puerta del foro._
LUJÁN. Es que usted no pasa por movimiento mal hecho[86] y yo sí. No soy ni quiero ser el brazo de Astrea. Allá cada cual con la joroba que Dios le puso en las espaldas.
_Sale_ MARCELA _por la puerta del foro y se encamina hacia la de la izquierda, por donde se va después del breve diálogo que sigue._
DOÑA CLARINES. ¿De dónde vienes tú?
MARCELA. Del jardín, tía. ¿Quiere usted algo?
DOÑA CLARINES. _Mirándola atentamente._ Ahora, nada. Luego contestaremos a una carta que he recibido de doña Sebastiana, tu gran protectora.
MARCELA. Pues hasta luego. _Se va._
DOÑA CLARINES. _A Luján._ ¿Por qué vino el hablar de estas cosas?[87]
LUJÁN. Porque usted empezó a establecer la diferencia entre su hermano y yo.
DOÑA CLARINES. Ah, sí.
LUJÁN. Basilio no habrá[88] sembrado nada, ¿verdad?
DOÑA CLARINES. ¿Qué ha de sembrar eso?[89] Ha despilfarrado lo que sembraron para él.
LUJÁN. Pues ¿y su herencia? ¿Y sus propiedades?
DOÑA CLARINES. Todo está en mi mano. Él lo ha ido vendiendo para sus francachelas y sus vicios... y el dinero que recibía lo daba yo sin que él lo supiera.
LUJÁN. ¡Ah, caramba! Pero ¿ya lo sabe?
DOÑA CLARINES. Ya sí.
LUJÁN. ¡Por eso dice entonces, con gran frescura, que le ha triplicado a usted el capital!
DOÑA CLARINES. No quería yo que fincas que fueron el recreo de mis padres cayesen en poder de gentes extrañas mientras yo estuviera de pie. Algo hubo, sin embargo, que no pude evitar, y que me costó una gran amargura. Tenía mi padre un caballejo, inútil ya por sus muchos años, pero muy querido y estimado por él, que vegetaba allá en el Molino. Pues bien: mi hermano Basilio, que tiene la maldad inconsciente de los majaderos, se lo malvendió a unos gitanos. Y el pobre animal fué a morir en la plaza de toros de Guadalema. Cuando yo me enteré de esta vergüenza y de este dolor, llamé á Basilio y le pregunté por el caballo que fué de nuestro padre. Vaciló un segundo en responderme, y le pegué una bofetada que le echó tres muelas fuera de la boca. ¿Hice bien?
LUJÁN. Sin género de duda.
DOÑA CLARINES. ¡Pues ya ve usted por dónde me da a mí la vena de loca![90]
LUJÁN. Ya; ya lo veo.
_Llega_ TATA _por la puerta del foro hecha un brazo de mar. Viene agitadísima._
DOÑA CLARINES. ¡Alabado sea Dios, mujer! ¿Vamos a los Juegos Florales?[91]
TATA. No, señora; no vamos a los Juegos Florales. Me esperaba[92] el regaño. Pero si me voy sin más ni más y no dejo arregladas las cosas, luego faltan, y se incomoda usted conmigo. Que tires para arriba que tires para abajo,[93] Tata ha de pagar siempre. ¡Más harta estoy! Mire usted, señor don Isidoro...
DOÑA CLARINES. No disertes, y vámonos a la calle.
TATA. Sí, sí, no disertes. Como que pensará usted[94] que me he llevado las horas muertas delante del espejo poniéndome lazos y perifollos. _A Luján._ Lo que pasa aquí, señor mío, es que con este entrar y salir de criados--que no hay uno que dure quince días,--ha de servir Tata por todos ellos mientras no aprenden los gustos de acá. Y ahora tengo dos[95] que van a condenarme. La una, la Daría, que es para un repente si Dios fuere servido.[96] ¡Qué miedo tiene siempre la maldita! _Remedándola._ «Diga usted: ¿limpio los grifos de la fuente? Diga usted: ¿limpio la bola de la escalera? Diga usted...» ¡Jesús! ¡que no te vamos a matar, hija del alma! ¡Yo no sé qué va a sucederle a esa chica si no pierde el miedo! ¡Ave María!
DOÑA CLARINES. Cállate, Tata; vamos ya.
TATA. No puedo, señora. Déjeme usted este desahogo. Pues ¿y el andalucito, que no sabe más que tomar posturas? _Remedando también a Escopeta._ «Oiga usté, paisana. Paisana, escuche usté. Paisana, la yave der despacho. Paisana...» Y se va a ganar un soplamocos con tanto paisana. Porque me lo dice por burla. ¡Pues más gracia tenemos las de aquí, y no la cacareamos tanto!...[97] De manera que no es lo malo, ¿usted me comprende? lo que tengo que hacer, sino lo que tengo que enseñar. Tata, aquí; Tata, allá; Tata, acullá; ¡y a todo ha de estar Tata![98]
DOÑA CLARINES. Pues ahora a lo que estás es a seguirme a mí. Ya has charlado bastante. Hasta luego, señor Luján.
LUJÁN. Hasta luego, señora.
TATA. «¡Paisana!... ¡Paisana!...» ¡Ya le daré yo a ese paisanaje![99]
_Doña Clarines se va por la puerta del foro, hacia la izquierda, y Tata la sigue. Luján se queda haciéndose cruces._ DON BASILIO _sale por donde se marchó, y lo sorprende._
LUJÁN. En mi vida[100] he visto una casa más extraordinaria. ¡Lo que[101] se va a reír mi mujer cuando yo le cuente!...
DON BASILIO. ¿Te estás haciendo cruces?
LUJÁN. Sí, por cierto.
DON BASILIO. ¿Es que has hablado con mi hermana?
LUJÁN. Un poco.
DON BASILIO. Yo escurrí el bulto, ya lo viste. Y qué: ¿crees que es cosa perdida?
LUJÁN. _Siguiéndole el humor._ ¡Ah, sí: cosa perdida!
DON BASILIO. ¿Ves tú? ¿Ves tú? Y me dicen a mí... _Entusiasmándose._ Lo que yo deploro... Porque yo... Porque tú... Porque yo podría darte detalles infinitos de las extravagancias de Clarines para ayudar tu labor científica... ¡Pero soy tan frágil de memoria! Se me olvida todo; se me va la cabeza...[102]
LUJÁN. Pues déjala ir.
DON BASILIO. ¿Cómo? Oye: y si yo... A ver qué opinas de esto.
LUJÁN. Tú dirás.
DON BASILIO. Si yo, que estoy observando a mi hermana constantemente, apuntara todo aquello que a ti te pudiera servir... ¿eh? todas sus rarezas... ¿eh? todas sus... ¿eh? ¿Qué opinas?
LUJÁN. Que has tenido una inspiración. _Disponiéndose a irse._ No dejes de hacerlo.
DON BASILIO. ¡Quita allá! Si para mí es la cosa más fácil... Verás tú. _Mostrándole un cuadernito que saca del bolsillo._ En este cuaderno, donde no escribo más que coplas...
LUJÁN. ¿Coplas?
DON BASILIO. Coplas, coplas.
LUJÁN. ¿Tuyas?
DON BASILIO. Mías, sí.
LUJÁN. _Sorprendidísimo._ Ah, pero ¿tú haces coplas?
DON BASILIO. ¿Ahora te desayunas?
LUJÁN. _Cogiéndole el cuaderno._ A ver...
DON BASILIO. Chico, para desahogar mi corazón. Como Espronceda cantó a Teresa.
LUJÁN. _Lee._
«Muchacha que estás cantando...»
DON BASILIO. Ah, ésa la hice ayer tarde. Trae acá. _Recoge el cuaderno y le lee la copla a su amigo, explicándosela verso por verso._
«Muchacha que estás cantando...»
Y era verdad: había una muchacha cantando...
«En la ventana de enfrente...»
Que es donde estaba ella. Me asomé a mi balcón, la vi, y se me ocurrió eso.
«No te asomes demasiado...»
Porque hizo un movimiento hacia fuera, ¿sabes?...
«Que te hará daño el relente.»
Aquí al relente le doy una intención picaresca, porque estaba el novio en la esquina.
LUJÁN. Ya lo he comprendido.
DON BASILIO. ¿Te gusta?
LUJÁN. El cantar y las acotaciones.
DON BASILIO. Je... Bueno; pues, digo yo que en este mismo cuadernito, para que no le choque a ella, como quien escribe una copla, puedo yo anotar, a fin de auxiliarte, todas las chifladuras de Clarines.
LUJÁN. Y así no estarán solas.
DON BASILIO. ¿Qué?
LUJÁN. Que estarán con las coplas tuyas. Y te dejo, que me esperan allá. Hasta después. _Vase por la puerta del foro, hacia la izquierda._
DON BASILIO. Anda con Dios. Le ha caído bien la idea. Le ha caído bien. Le ha caído bien. _Frotándose las manos._ ¡Ah, doña Clarines, doña Clarines!... ¿Qué iba yo a hacer ahora? _Mirando a lo lejos del jardín por los cristales de la galería._ ¡Oh! ¡El héroe! ¡Ya está ahí el héroe! Apenas las ha visto alejarse... ¡Es listo el hijo de don Guillermo! _Haciéndole señas._ Voy; voy allá. ¡Ah, doña Clarines, doña Clarines!... Casa con dos puertas, mala de guardar.[103] _Vase por la puerta del foro, hacia la derecha._
_Queda la escena sola un momento. Óyese ladrar a Leal, y sale_ DARÍA _por la puerta de la izquierda, asustadísima._
DARÍA. ¿Quién será ahora? Temblando estaba yo a que llegara alguien. ¡Me ha dicho Tata que no abra la puerta! ¡Jesús! ¡Ojalá sea un pobre, que con decirle «perdone usted por Dios», se sale del paso! _Asómase a la mirilla._ ¿Quién es? ¿Quién es? ¡No veo a nadie! ¿Quién es? ¡Nadie! ¡No es nadie! _Cierra la mirilla._ ¿Pues cómo ladró el perro? _Va a irse._ ¡Lo que me alegro yo de que no sea nadie! _Vuelve a ladrar Leal._ ¿Otra vez? ¡Dios mío! _Asómase a la mirilla de nuevo._ ¿Quién es? ¿Quién es? ¡Nadie!
_Aparece_ DON BASILIO _por donde se fué, con cierto recelo._
DON BASILIO. ¿Qué haces aquí, Daría?
DARÍA. ¡Señorito! ¡Estoy pasando un susto!...
DON BASILIO. ¿Por qué?
DARÍA. ¡Porque ha ladrado el perro dos veces... y yo no veo a nadie en el portal!
DON BASILIO. Sí; le ocurre mucho. A lo mejor sueña que entra alguien... Vete allá dentro.
DARÍA. Sí, señorito.
DON BASILIO. Oye. A la señorita Marcela, que estará en su cuarto, dile que venga acá, que la llamo yo.
DARÍA. Bueno, señorito. _Vase por la puerta de la izquierda._
_Don Basilio se acerca a la del foro y hace pasar a_ MIGUEL _que esperaba oculto. Miguel es un muchacho de noble y expresiva fisonomía. Su hablar es resuelto y vehemente. Viste con sencillez._
DON BASILIO. Pase usted, Miguel.
MIGUEL. Muchas gracias.
DON BASILIO. Era la chica, que andaba aquí. Había ladrado el perro y vino a ver quién era. Este perro, apenas olfatea gente extraña...
MIGUEL. Ya lo sé, ya. ¿Y Marcela?
DON BASILIO. Al momento sale.
MIGUEL. ¡Lo que yo le agradezco a usted, señor don Basilio, que nos facilite esta entrevista!
DON BASILIO. Agradézcaselo usted a la casualidad de que mi hermana y Tata hayan salido hoy. Si no, hubiera sido cosa imposible.
MIGUEL. Sí; pero a no contar con usted...[104]
DON BASILIO. Es que ya le dije a usted anoche que en mí tienen usted y Marcelita un aliado. Yo siempre estoy al lado de los débiles. Mire usted, amigo Miguel, la cuestión tiene dos aspectos.
MIGUEL. ¿Dos aspectos?
DON BASILIO. Uno moral y otro económico. En el moral, ni entro ni salgo.[105] Si ustedes se quieren, harán, como en los cuentos de los chicos, nieblas de las montañas.[106] Pero en el aspecto económico creo que tengo el deber de intervenir.
MIGUEL. No comprendo.
DON BASILIO. Mi hermana está loca. _Vox populi, vox Dei._[107] La fortuna de esa niña se encuentra en sus manos. ¿Usted está tranquilo? ¿Está usted tranquilo? ¡Porque yo... no estoy tranquilo! Yo, no estoy tranquilo. Yo, no estoy tranquilo. ¿A qué engañarlo a usted? Mientras más amigos, más claros.[108] Yo, no estoy tranquilo. ¿Usted está tranquilo?
MIGUEL. Francamente... me empieza usted a intranquilizar.
DON BASILIO. Ahí se le fué la burra a su futuro suegro de usted,[109] que en paz descanse. ¡Se le fué! No lo discutamos. ¡Se le fué! Lo de Clarines no es de ahora,[110] ¡qué carape! Clarines tiene los cascos a la jineta hace mucho tiempo. ¿No estaba yo aquí, tan hermano suyo como ella?
MIGUEL. ¡Claro!
DON BASILIO. Sobre que, a mayor abundamiento, yo, querido Miguel, tengo grandes aficiones financieras. Siempre he especulado con éxito brillante. A la propia Clarines le he triplicado el capital.
MIGUEL. ¿Ah, sí?
DON BASILIO. Sí, señor. Hoy cuenta ella con un sin fin de propiedades que no tendría a no ser por mí.
MIGUEL. ¿Hola?
DON BASILIO. Como usted lo oye.--Aquí está ya Marcela. Pónganse ustedes de acuerdo en seguidita. No me gasten la pólvora en salvas.[111] Y en la terracilla por donde hemos pasado lo espero a usted filosóficamente.
MIGUEL. ¿Cómo expresarle mi gratitud, señor don Basilio?
DON BASILIO. ¡De ninguna manera! Es un deber mío, ¡qué carape! _Vase por la puerta del foro hacia la derecha._
_Sale_ MARCELA _por la puerta de la izquierda. Al ver a Miguel corre a él ansiosa de estrecharle las manos._
MARCELA. ¡Miguel!
MIGUEL. ¡Marcela!
MARCELA. ¡Ya era hora!
MIGUEL. ¿Qué tienes?
MARCELA. ¡El contento de verte aquí![112] ¿Y el tío?
MIGUEL. Ahí fuera, esperándome.
MARCELA. ¡Qué bueno! ¿Verdad?
MIGUEL. Tan bueno, que por él estoy a tu lado.
MARCELA. Hemos de hablar mucho en poco tiempo.
MIGUEL. Sí.
MARCELA. ¡Dos días sin verte ni escribirte!
MIGUEL. Hasta el amanecer te esperé anteanoche en la verja.
MARCELA. No pude bajar. Me sorprendió mi tía. ¡Si vieras![113] ¡Qué disgusto! Tata me contaba unas historias... ¿Me quieres tú mucho, Miguel?
MIGUEL. ¿Y me lo preguntas, Marcela?
MARCELA. Verdad. No me hagas caso.
MIGUEL. ¿Sabe ya la tía...?
MARCELA. No.
MIGUEL. ¿Por qué no se lo has dicho?
MARCELA. ¡Ay, Miguel! No me atrevo.
MIGUEL. ¿Por qué no?
MARCELA. Porque estoy llena de temores.
MIGUEL. Pues hay que rechazarlos, niña. ¿Qué ley humana nos obliga a recoger un dolor sembrado por otros?
MARCELA. Ninguna; pero ya estás viendo que es así.
MIGUEL. No lo será más tiempo. Resuelto estoy.
MARCELA. ¿A qué, Miguel?
MIGUEL. A presentarme a esta señora; a decirle mi nombre, si tú no se lo dices; a convencerla de que serás mía.
MARCELA. ¿Con quién vendrás?
MIGUEL. Yo solo.
MARCELA. ¿Tú solo?
MIGUEL. ¿Qué remedio, si nadie se aventura a acompañarme? ¿si las insolencias de doña Clarines ponen una valla entre la sociedad y yo?[114]
MARCELA. ¡Ay, Dios mío!
MIGUEL. Vendré yo solo: mi mejor compañía es este cariño que me lleva a ti.
MARCELA. Que es muy grande, ¿verdad?
MIGUEL. Si el corazón de esa señora se estremece de odio al oír mi nombre, yo sé que el tuyo se estremece de amor.
MARCELA. Sí.
MIGUEL. Vendré, vendré. No estoy dispuesto a consentir este secuestro tuyo, esta tortura de los dos, este acechar las ocasiones para hablarnos traicioneramente. ¿Qué hicimos tú y yo, que mereciera este castigo?
MARCELA. ¡Ésa es mi pregunta! ¡De día y de noche es ésa mi constante pregunta!
MIGUEL. Pues la respuesta de ella no está más que en tu corazón y en el mío. Guadalema entera dice que doña Clarines es rencorosa, es loca. ¿Y qué?[115] ¿Tú me quieres? Guadalema entera cree que yo saldré de esta casa escarnecido y avergonzado. ¿Y qué? ¿Tú me quieres? Guadalema entera afirma que al eco sólo de mi nombre temblarán las paredes viejas de este caserón solitario. ¿Y qué? ¿Tú me quieres? Pues si tú me quieres, todo lo demás es cosa sin fuerza ni sentido.
MARCELA. Sí, Miguel, sí. Ahí está la única verdad: en que tú me quieres: en que te quiero yo. Necesitaba oírtelo decir así, ahora más que nunca.
MIGUEL. También lo sé: también lo he leído en tus ojos. Tu corazón no respira tranquilo en el aire que llena esta casa, que no es aire de primavera. Las historias de Tata la vieja te han hecho temblar...
MARCELA. ¡Miguel!
MIGUEL. Pues aquellas historias pasaron,[116] y yo no he de juzgarlas al lado tuyo. Pero sí quiero que sepas que el amor no tiene en el mundo dos historias iguales, para que puedas confiar en que ésta nuestra no ha de parecerse a la que a ti te ha dado miedo. ¿Me crees?
MARCELA. Te creo, sí.
MIGUEL. Pues si me crees, no llores.
MARCELA. Lloro porque te creo.
MIGUEL. Yo haré pronto porque me creas y rías a la vez.[117] Adiós.
MARCELA. ¿Te vas ya?
MIGUEL. Sí: no quiero comprometer en modo alguno a este señor tan bondadoso. Pero cuando vuelva doña Clarines, volveré yo.
MARCELA. ¿Sí?
MIGUEL. Sí. Hoy acaba[118] este suplicio intolerable: no lo dudes.
MARCELA. Por Dios, Miguel...
MIGUEL. Por Dios, Marcela... ¿Es que quieres que siga?
MARCELA. No.
MIGUEL. Pues fía en mí.
MARCELA. Ya no sé qué decirte. Me abandono a tu voluntad. Haz tú lo que quieras.
MIGUEL. Yo no quiero más que lo que ha de devolver a tu corazón la calma perdida y a tu voz la alegría que siempre tuvo para mis oídos. Adiós.
MARCELA. Adiós. ¿Hasta luego?
MIGUEL. Hasta luego. _Vase por la puerta del foro hacia la derecha._
MARCELA. ¡Cómo me quiere! Voy a verlo salir. _Asómase a los cristales de la galería y mira con interés al jardín. Pausa._
_Ladra Leal. Poco después sale_ DARÍA _por la puerta de la izquierda._
DARÍA. Otra vez el perro. ¿Estará también soñando ahora? _Abre la mirilla, mientras Marcela despide a Miguel con la mano._ ¿Quién es? No: ahora no está soñando. Es la señora.
MARCELA. _Sobresaltada._ ¿La señora?
DARÍA. _Asustada con el susto de Marcela._ La señora: sí. ¿Qué pasa?
MARCELA. Nada, mujer.
DARÍA. ¡Ah! Creí...
MARCELA. Ábrele. Sin duda le ha sucedido algo.
DARÍA. ¿Sí, eh? _Tira del cordel para abrir y se va por la puerta de la izquierda, diciendo_: ¡Pues no seré yo quien se lo pregunte!
MARCELA. _Intrigada._ Es imposible... Ha vuelto muy pronto. No ha podido dar toda la limosna.
_Llega rápidamente_ DON BASILIO _por la puerta del foro y se dirige con gran misterio a su sobrina._
DON BASILIO. ¡Por un pelo!
MARCELA. ¿Cómo?
DON BASILIO. ¡Por un pelo! Entrando ellas por la puerta grande, saliendo por la verja el otro. ¡Por un pelo!
MARCELA. Pero ¿es verdad, tío, que ha vuelto más pronto que nunca?
DON BASILIO. ¡Dónde va a parar! ¡A saber[119] si esto ha sido una trampa de ella! ¡Es más larga!...
MARCELA. ¡Silencio, que viene!
DON BASILIO. ¡Ah! _Pasea silbando._
MARCELA. Ha amanecido muy buen día, ¿verdad, tío Basilio?
DON BASILIO. Muy buen día.
MARCELA. No podemos quejarnos del tiempo.
DON BASILIO. Ciertamente: no podemos quejarnos del tiempo.
_Sale_ DOÑA CLARINES _por la puerta del foro. La sigue_ TATA.
DOÑA CLARINES. Pues va a llover.
MARCELA. ¿Cree usted que va a llover? ¿Vuelve usted por eso?
DON BASILIO. ¿Te duele el tobillo?
DOÑA CLARINES. No; pero cuando se está murmurando de una persona y se habla del tiempo porque ella llega, casi siempre llueve.
DON BASILIO. ¡Y truena! ¡Qué carape! ¡La manía de que a todas horas hemos de murmurar de ti!
DOÑA CLARINES. Como los dos tenéis el deber de hablar bien, por eso estoy segura de que habláis mal.[120] _Obedeciendo a un presentimiento._ ¿Quién estaba aquí?
_Sensación. Pausa._
DON BASILIO. Nadie.
DOÑA CLARINES. ¿Nadie?
MARCELA. El tío y yo.
DON BASILIO. Y quitándote el pellejo, según has advertido. _Entre dientes._
Cosas tenedes el Cid
que farán fablar las piedras.[121]
_Doña Clarines, que viene de mal temple, se quita el velo y se lo da a Tata, en unión del portamonedas._
DOÑA CLARINES. Tata.
TATA. Señora.
DOÑA CLARINES. Lleva esto a mi tocador.
TATA. Sí, señora.
_Éntrase por la puerta de la derecha._
DOÑA CLARINES. Marcela.
MARCELA. Tía.
DOÑA CLARINES. Toma pluma y papel, que voy a contestarle a la señora de ahí enfrente.
MARCELA. ¿Ahora?
DOÑA CLARINES. Ahora, sí. En la única casa a que he ido, me han puesto del humor necesario.
_Don Basilio saca el cuaderno de sus cantares y afila la punta de un lapicero._
MARCELA. Pues usted dirá. _Siéntase ante una mesita 10 escritorio, y va escribiendo lo que la señora le dicta. A cada instante hace gestos de protesta y disgusto._
DOÑA CLARINES. _Dictando._ «Señora doña Sebastiana Reguero. Muy señora mía: empiezo esta carta llamándole a usted señora dos veces, porque de alguna manera[122] he de empezarla; no porque crea que usted lo es, ni lo ha sido en su vida.»
_Don Basilio, apenas oye la primera andanada de la carta, silba inconscientemente, y se va escapado por la puerta de la izquierda dispuesto a anotarla en el cuadernito. En seguida vuelve._
MARCELA. ¡Tía Clarines!
DOÑA CLARINES. Pon lo que yo te mande, y no te asustes por tan poco.
MARCELA. Tenga usted en cuenta...
DOÑA CLARINES. ¡Chist! «Quiere usted saber, y me lo pregunta en una carta ridícula, llena de impertinencias y de haches, por qué mi sobrina no va desde hace dos días a su casa, como antes iba. Voy a satisfacer su curiosidad en el acto, y con mejor ortografía desde luego.» Tú verás, niña, cómo escribes.[123]
MARCELA. _Suspirando._ ¡Ay!
DOÑA CLARINES. «Mi sobrina no ha vuelto a su casa, porque nada bueno puede aprender ahí.» _Don Basilio sacude los dedos y va a irse otra vez, pero se detiene._ «Ha protegido usted, a espaldas mías, los amores de ella con su novio; lo cual, en neto castellano, tiene un nombre sonoro y rotundo. En medio de él puede usted colocar perfectamente una de esas haches[124] que con tanta liberalidad prodiga.» _Vuelve a irse don Basilio: esta vez por la puerta del foro._ ¿Pero qué entrar y salir trae ese majadero?[125]
MARCELA. No sé, tía; no sé.
DOÑA CLARINES. «Aquí daría yo fin a la presente, si hoy no hubiera sabido por un azar quién es el novio de mi sobrina.»
MARCELA. _Estremeciéndose y dejando de escribir._ ¿Eh?
DOÑA CLARINES. _Dictándole con gran energía._ «... si hoy no hubiera sabido por un azar quién es el novio de mi sobrina.»
MARCELA. Pero ¿usted ha sabido?...
DOÑA CLARINES. Escribe tú.
MARCELA. _Repitiendo la frase mientras escribe_ «... quién es el novio de mi sobrina.»
_Don Basilio, que se ha puesto muy serio al oír esta revelación, se guarda el cuaderno y se sienta en un rinconcito a reflexionar._
DOÑA CLARINES. «Pero como he sabido esto, debo añadirle a usted que sus manejos en este caso no revelan solamente liviandad hipócrita, sino maldad muy grande.» _Durante las frases anteriores pasa_ TATA, _prestando oído a doña Clarines, y deteniéndose más de lo natural, desde la puerta de la derecha a la del foro._ Tata.
TATA. Señora.
DOÑA CLARINES. ¿Quieres preguntarme si estorbas para contestarte que sí?[126]
TATA. Señora, no he hecho más que atravesar de un lado a otro. No sé por dónde había de irme.
DOÑA CLARINES. Chitón, y dile a Escopeta que venga.
TATA. Si está en casa; porque es muy volandero. _Se va refunfuñando._
MARCELA. ¿Algo más, tía?
DOÑA CLARINES. Nada más. Déjame firmar. _Se sienta a ello._[127] Así: mi nombre y mis dos apellidos.[128] Yo no escribo anónimos, como algunos traidorzuelos de chicha y nabo. _Marcela mira a don Basilio y éste no sabe dónde meterse. Doña Clarines guarda el pliego en un sobre y escribe en él la dirección._ ¿Qué te ocurre, Basilio?
DON BASILIO. ¿A mí? ¡Nada! ¿Qué me ha de ocurrir? ¡Nada!
DOÑA CLARINES. _Levantándose._ Lista.[129] Ahora, sobrina, mira tú si tienes alguna otra cosa que ocultarme.
MARCELA. Yo, tía...
_Llega_ ESCOPETA _por la puerta del foro._
ESCOPETA. Señora.
DOÑA CLARINES. Escopeta, lleve usted esta carta ahí enfrente.
ESCOPETA. _Leyendo el sobre._ Señora doña Sebastiana Reguero. Ya sé. ¿Na más que dejarla?
DOÑA CLARINES. Nada más.
ESCOPETA. ¿Espero la respuesta?
DOÑA CLARINES. No.
ESCOPETA. ¿Ni tengo que desí ninguna cosita?
DOÑA CLARINES. Ninguna.
ESCOPETA. ¡Vaya por Dios! Me iba yo afisionando... ¿Y poné yo argo de mi cosecha?
DOÑA CLARINES. ¿Cómo de su cosecha? ¡Dios lo libre a usted! Aquí no se dice ni más ni menos que lo que[130] yo mando decir. ¡Medrados estaríamos![131] _Éntrase en sus habitaciones._
ESCOPETA. ¡Me tocó la china esta vez! No hay más que aguantarse. _A_ TATA, _que sale por la puerta de la izquierda y cruza hacia la de la derecha, llena de curiosidad._ ¡Paisana! ¡No entre usté, paisana! ¡Miste que hay rayos en la armórfera, paisana!
TATA. _Volviéndose a él._ ¡Oiga usted... _militar_:[132] para ser yo paisana de usted, tendría que haber nacido en una lata de sardinas! ¡Chúpate ésa[133] y vuelve por otra! _Vase._
ESCOPETA. ¡Es grasiosa esta vieja! _Se va por la puerta del foro, hacia la izquierda, cantando._
_¿Quién me ha de entender a mí?..._
MARCELA. _Cuando se queda sola con don Basilio._ Tío.
DON BASILIO. ¿Qué quieres?
MARCELA. Miguel va a venir.
DON BASILIO. Me lo ha dicho.
MARCELA. Pues esté usted abajo, y cuando llegue entérelo usted de todo esto.
DON BASILIO. Eso... y oro molido que me pidas,[134] ¡qué carape! Yo te quiero más que tu tía, aunque me llames el tío Carape. ¡Qué carape!
MARCELA. Ande usted, ande usted.
DON BASILIO. Descuida en mí, tontuela.
_Don Basilio echa a correr por la puerta del foro, hacia la derecha, y Marcela va a entrar en las habitaciones de doña Clarines, a tiempo que de ellas sale_ TATA.
TATA. ¿Adónde vas, nena?
MARCELA. A ver a mi tía, Tata.
TATA. Pues no está el horno para bollos.
MARCELA. Tanto mejor.
TATA. ¿Ah, mejor?
MARCELA. Sí. Cuando llegue mi novio, que va a venir ahora, avísenos usted.
TATA. ¿Que va a venir tu novio?
MARCELA. Que va a venir, sí: con el tío Basilio. ¡Ojalá hubiera venido antes! _Vase por la puerta de la derecha._
TATA. _Santiguándose repetidas veces._
¡Santa Bárbara bendita[135]
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita,
en el árbol de la Cruz,
Padre nuestro, amén Jesús!
_Sale_ LUJÁN _por la puerta del foro, y sorprende a Tata en su invocación._
LUJÁN. Pero, señor, ¿qué sucede aquí?
TATA. ¡Ay, señor Luján!
LUJÁN. Al llegar yo, salía Escopeta con una carta que me dice que es un explosivo; ahora bajaba el otro las escaleras rodándolas materialmente;[136] usted se santigua... ¿Qué es esto?
TATA. ¡Ay, señor Luján! ¡Prepare usted el tambor, que hoy tenemos títeres!
LUJÁN. ¿Cómo que tenemos hoy títeres? Expliqúese usted, Tata.
TATA. ¡Doña Clarines lo sabe ya todo!
LUJÁN. ¿Todo?
TATA. ¡Todo! ¡De lo más grave se ha enterado en la primera casa donde entramos a dar la limosna! Se lo dijeron sin querer hacerle mal ninguno: al contrario. Pero al oírlo se quedó blanca como la mesma nieve, aunque hizo por disimular. Y al salir de allí, fué, y me dijo: «Tata, vámonos a casa.» Y acá volvimos sin chistar. Nunca hasta hoy se ha dejado de dar la limosna completa.
LUJÁN. ¿Y Marcelita?
TATA. Con ella está ahora mesmo. Parece ser que como ya no hay tapujos que valgan, el novio va a venir a verla. ¡Qué _turbamulta_! ¡Milagro será que la señora no se meta esta tarde en el confesonario!
LUJÁN. ¿Qué dice usted? ¿En el confesonario?
TATA. Sí, señor: la señora tiene en su alcoba un confesonario, que fué de un abuelo suyo medio santo o medio profeta, y siempre que se ve en algún caso de conciencia que es grave, en él se mete y se está allí las horas y las horas.
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Doña Clarines y Mañana de SolChapter II: Part 2
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